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sábado, 19 de marzo de 2011

La llave de la felicidad ¿Sólos o acompañados?







Recuerdo hace unos años, a punto de cumplir los cuarenta, ¡què trauma más grande suponía para mí, el cambio de década!, era algo así como si el mundo se acabara. Bueno, no precisamente, porque a esa edad mis ganas de vivir seguían siendo muchas, pero, eso sí, me agarraba con las uñas y los dientes para que el tiempo se detuviera y no pasara.


En esa época, una ansiedad continua me despertaba todos los días, ¡qué solo me siento! Miraba el sol entrar por la ventana y miraba mi almohada ¡tan vacía! Siempre me preguntaba lo mismo, ¿qué tendré yo para que ningún amor me dure lo suficiente?


Mira que probaba conquistarlos de todas formas, me hacía la estrecha y no les dejaba tocarme, o lo íbamos haciendo poco a poco dejando pasar los días. Otras veces el amor entraba a borbotones con una ansiedad inusitada que llenaba todos el espacio donde nos encontrábamos, pero al día siguiente, no queda más que el pellejo de un globo desinflado.

Los días … mirando desde ahora, mejor decir: los meses,… los años fueron pasando deprisa, soñaba con la siguiente fiesta, reuniones de Bears en Sevilla, en Madrid, en Barcelona, … vacaciones de verano, Navidad, Semana Santa, Carnavales, todas eran un motivo para, desde el trabajo, seguir soñando y viviendo de ilusiones, sin perder nunca la esperanza de encontrar a ese oso peludo que compartiría conmigo el resto de mi existencia…aunque sea una expresión muy manida.


Llegados los cincuentas volvió de nuevo esa inquietud de entrar en una década, en la que uno se puede considerar acabado. Al menos, eso era lo que se decía en mis ambientes. Incluso los cuarentones se consideran ya carne de desecho con ratio de ligue cero. El trauma no fue tan grande, quizás por la experiencia anterior y el número de pretendientes no disminuyó sino que fue en aumento. Eso sí tuve que ir poco a poco cambiando de ambientes y ahora me llaman Daddy.


En esta década, que se va marchando también, algunos siguen en vaga ilusión esperando a su niño peludito y guapo que les acompañe y le dé la energía suficiente para no decaer…¡ojalá ésta pudiera pasarse por osmosis, cuerpo a cuerpo! Otros hablan de encontrar al osazo de turno, pero eso sí, bien colocado, con su independencia y su piso, y la relación se establecería sin romper estas condiciones. Unos fines en mi casa, otros en la tuya y entre semana cada uno en la suya. Eso sí, si te enfermas voy a cuidarte. Ah y vacaciones juntos.

Sin embargo, los más, como yo, hemos decidido ya quedarnos solos, subir a la popa del barco y encarados, frente al viento suave o fuerte, disfrutar los momentos y las situaciones día a día, con ilusión, con alegría siempre como si fuera la última vez pero sin grandes excesos que no nos permitan seguir alegres al día siguiente.

Esta situación me ha dado muchos más momentos placenteros que cuando era mucho más joven. Ahora recuerdo aquellos años como un puro sufrimiento, en los que más que disfrutar estaba pendiente de otras cosas, de las que ahora, si las contara, nos reiríamos todos. Eso sí, como todas las medicinas tiene sus contraindicaciones: sigo echando de menos, cuando me levanto, a esa cabecita dormida junto a mí, soplando. Pero luego, nada más levantarme, se me pasa.
Besos

domingo, 23 de enero de 2011

Su novio del chat (y 3)





Las semanas anteriores a la boda fueron momentos de puro histerismo para Alberto. Le embargaba tanto la emoción y se sentía tan feliz que las más pequeñas cosas las convertía en puras hipocondrías.¡ Por Dios, por Dios!, tengo que ir a la peluquería y luego a recoger el regalo de mi amor- exclamaba acelerado. No sé si me dará tiempo podías recogerme tú el regalo- me decía poniendo cara de lástima.

La boda se celebró en la más rigurosa intimidad. Dicho sea los novios, un amigo del cubano y el menda que hicimos de testigos. No hubo convite, bueno sí, nos fuimos los cuatro a comernos unos langostinos con mayonesa que había comprado Alberto. A pesar de ser pocos, tampoco había una buena sincronía pues yo era la primera vez que veía al novio y al amigo. Mientras chupábamos cabezas se hacían grandes tiempos de silencio. Alfredo era quién totalmente obnubilado rompía la calma con sus sueños inmediatos: ¿Sabéis una cosa? Mi cubanito y yo todavía no sabemos dónde irnos de viaje de novios. Él prefiere- añadía iluso- hacer un crucero gay por el Mediterráneo, pero yo prefiero hacer un viaje por el Caribe. Ayer estuve en el Corte inglés – añadía con una risa nerviosa-y había un viaje precioso a Punta Cana por 655 euros en hoteles de cuatro estrellas y todo incluido, pero – decía mientras miraba con pena y cariño al cubano- ahora no nos lo podemos permitir. Después volvía a saltar de alegría: Pero ahora brindemos todos con champán, vamos, vamos, poneros todos de pie. Yo le seguía su pronto de entusiasmo pero los cubanitos se levantaban de mala gana a brindar. La fiesta siguió toda la tarde, al menos entre ellos tres, Alfredo hablaba y ellos bebían,… así que como que no quiere la cosa, me fui escabuchendo.

Estaba en mi habitación con la puerta entreabierta cuando Alfredo entró raudo: ven corre que se van, sal a despedirte. Eran como la una de la madrugada, los dos cubanos estaban ya con sus abrigos puestos y esperándome junto a la puerta para despedirse y salir. El cubano le dio un beso a Alfredo mientras le murmuraba: Tranquilo cariño, yo vuelvo enseguida en cuanto deje a mi amigo en casa. La verdad es que el amigo iba bien calentito por dentro, pero el novio no lo dejaba muy atrás.

¡No quiero recordar aquella noche!, las primeras horas Alberto, nervioso, hablaba y hablaba contándome todos los proyectos que iba a realizar junto a su novio. Según me contaba iban a poner una clínica geriátrica en la que él empezaría atendiendo a las personas, pero con el tiempo, simplemente, se dedicaría a dirigir el trabajo que realizarían varios fisioterapeutas de los mejores de la ciudad, contratados por ellos dos. Hablaba sobre la distribución de los espacios necesarios para realizar bien el trabajo. Describía de forma pormenorizada como iba a decorar cada una de las estancias y los aparatos que iba a adquirir, sin olvidarse nunca del precio de cada uno.
Seguía hablando y hablando, y las horas iban pasando. Cada vez me iba dando cuenta del drama que se nos iba viniendo encima. Alfredo seguía hablando pero su ritmo se iba también perdiendo. Él también intuía que algo no estaba sucediendo bien. Cuando entraban los primeros rayos de luz por las ventanas, Alfredo se detuvo. Yo permanecía echado en mi cama, mientras él sentado a mi lado y con los ojos fijos en el suelo, murmuró con voz baja: No va a volver más.
Alfredo me miró y sollozando se echó en mis brazos. Yo lo acurrucaba y mientras más se daba cuenta que la fantasía en la que había vivido aquellos meses se estaban esfumando, más fuerte gemía. El cubano no volvió, Alfredo que al principio no creía que podía ser cierto, intentó comunicarse con él, e incluso fue a su domicilio. Aunque no me quiera, pero por lo menos me debe una explicación- decía orgulloso. Pero ese caso nunca se presentó.

No volví a ver a Alfredo chateando en el ordenador. Ahora cuando viene cansado, se viene conmigo a ver la tele o bien se va directamente a acostar. Los días de fiesta salimos mucho más, pasamos todo el día paseando, yendo al cine y en el buen tiempo, nos sentamos en una terraza y cotilleamos a todos y todas las que pasan. De vez en cuando, Alfredo sigue quedándose en silencio y con la mirada perdida, entonces yo también me callo y dejo que pase ese momento. Cuando se recupera siempre me dice: La vida sigue adelante ¿verdad? Y mirándole y agarrándole las dos manos le digo: Claro que sí, Alfredo y yo estoy aquí para hacer que eso sea posible.
A veces conocemos el final desde el principio, pero la ilusión nos pone un velo en los ojos que nos hace creer que nunca llegará.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Su novio del chat (2)










Me levanté ya bien pasado el mediodía. La puerta de la habitación de Alfredo estaba entreabierta. Miré hacia dentro buscándole y observando que no estaba me dirigí a la cocina. Allí estaba sentado, con los ojos hinchados, frente a un gran tazón de colacao y magullando una tostada de cachuela. Estaba como ido, como si viviera en otro mundo. Cuando me vio llegar salió de su letargo y me sonrió, yo le contesté con palabras: Hola guapo, ¿cómo estás?, parece que tienes la cara un poco descolocada. Él se limitó a volver a sonreírme y seguir comiendo. Al cabo del tiempo, cuando yo ya había preparado mi desayuno y me disponía a sentarme a su lado en la mesa de cocina, comenzó a hablarme: Sabes, anoche me ha ocurrido una cosa bien grande. Bueno, bueno –añadí burlón- no será para tanto.
No te burles, es cierto- me dijo con voz calmada y soñolienta- he conocido a un chico extraordinario. Es cubano y me estuvo contando su vida y sus soledades aquí en España. Como has podido comprobar- continuo hablando, observando que yo le escuchaba con interés- estuvimos toda la noche conversando y conociéndonos: nuestras inquietudes, nuestros miedos, nuestras aficiones … al final –se detuvo e hizo un silencio- nos desnudamos e hicimos el amor por la cam mientras nos decíamos cosas hermosas por el móvil. Aquel final y la cara tan serio que ponía, me hizo soltar una carcajada.
Pero bueno, Alberto-añadí complaciente para que no se mosqueara y dejara de contarme cosas- esa historia ya la has vivido otras veces y no te ha afectado tanto como ahora. La verdad es que sí -replicó- pero es que este chico está preocupado pues sino arregla los papeles tendrá que marcharse a su país. Mientras se limpiaba la boca y se levanta a recoger los platos concluyó: He quedado con él esta mañana para conocernos y charlar. Sabes - me dijo con voz contenta y la cara iluminada. Creo que voy a empezar una relación importante que va a llegar a mucho. Salió de la cocina y en cinco minutos escuche la puerta de la calle y una voz que me decía : Adiós, voy rumbo al amor – mientras cerraba se oyó una sonora carcajada.
¡Efectivamente! la relación llegó a mucho, a la semana siguiente estábamos organizando los preparativos de la boda.
Continuará...

martes, 7 de diciembre de 2010

Su novio del chat (1)







Alfredo me miró y sollozando se echó en mis brazos. Yo lo acurrucaba y mientras más se daba cuenta que la fantasía en la que había vivido aquellos meses se estaban esfumando, más fuertemente gemía. A veces conocemos el final desde el principio, pero la ilusión nos pone un velo en los ojos que nos hace creer que nunca llegará. Esta es la historia de mi amigo Alfredo y el novio cubano que conoció en el chat.

Alfredo es mi compañero de piso. Me gusta su forma de ser, extrovertido, divertido, del grupo de los homosexuales siempre agradables, nada loca, esas personas que te hacen pensar que la vida es, todavía, agradable.

Esta forma de ser le hacía ser un buen fisioterapeuta, muy reconocido por todos sus pacientes, la mayoría personas de la tercera edad, a las que ayuda a adaptarse a los cambios de movilidad y la formas de trasladarse con seguridad sin ningún agravante para su enfermedad o lesión. La vida de Alfredo, cuando lo conocí, transcurría entre su trabajo, recorriendo hospitales y casas particulares, y en llegar cansado, agotado, cenar rápido y pegarse al chat. Alfredo pasaba varias horas chateando y respondiendo los mensajes desde todas las posibles redes sociales, gay o no, a las que se había asociado, le enviaban, no había red en la que no se hubiera inscrito. Estas eran sus dos pasiones: su trabajo y el chat.

Aunque conocía a mucha gente, apenas me hablaba en profundidad de ninguno, cuando comíamos o cenábamos me comentaba las peculiaridades de algunos individuos que iba conociendo. Hay un chico ucraniano- me decía emocionado- que me ha invitado a visitarle en el verano. Luego soltaba una carcajada y añadía: Tengo que buscar eso de Ucrania dónde está, y volvía a reírse a piernas sueltas. Mientras yo limpiaba la vajilla, él iba raudo a contestar los nuevos mensajes recibidos. Desde su habitación con la puerta abierta me iba comentado “las distintas jugadas” como él decía. “Vesa, el italiano dice que se va a la playa este finde”… escucha: Aquí hay uno que dice que le gustó mucho y que quiere venir a verme, ja ja ja. A ver -añadía- dónde lo acostamos ja ja ja. Alfredo era feliz en el chat y yo lo dejaba hacer, porque tampoco veía nada malo en aquello.
Todo cambió el día en que Alfredo cerró la puerta. Yo estaba en mi habitación y lo oí cerrar, me levanté, porque me extraño aquella reacción, y desde el pasillo le pregunté en voz alta: ¿Niño, te pasa algo? No -contestó desde dentro- estoy bien no te preocupes.
Aquel día era sábado e íbamos a salir juntos, como siempre, a pasar un rato divertido con los amigos en los sitios gay. Cené solo, me duché y estuve viendo una peli en la tele. Llegadas las doce de la noche viendo que no salía me atreví otra vez a preguntarle: Alfredo me voy a ir, ¿te vas a venir conmigo? No- contestó de nuevo- hoy no voy a salir, vete y diviértete. Atónito por tanto tiempo allí encerrado, sin cenar ni salir a beber siquiera, volví a preguntarle: Amigo ¿no te pasará nada, verdad? No- contestó mientras le oía sonreír - vete tranquilo, ya te contaré.

Aquella noche apenas pude disfrutar pensando solamente en Alfredo, pero pasadas las horas el alcohol y la marcha me hicieron olvidarme de él hasta bien pasadas las 7 de la mañana, en que subía de dos en dos los peldaños de las escaleras de mi casa. Abrí con cuidado la puerta pues pensaba que estaría durmiendo, pero cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que por debajo de su puerta se veía una rendija de luz. Acerqué mi oído y hoy el sonido de las teclas del ordenador. Alfredo seguía despierto, pegado al ordenador después de más de 14 horas.
continuará...