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domingo, 25 de agosto de 2013

TELÉFONO











Juan y yo nos conocimos como otras muchas personas por el messenger.Fueron largas conversaciones y deseos carnales que se fueron materializando por la cam y, posteriormente por el teléfono.Vivíamos de punta a punta de España, mi trabajo es de esos trabajos con jefes antiguos en los que hasta los sábados por la tarde estamos currando bien llegada la noche.

Por unas cosas o por otras nunca llegamos a vernos. Cuando llegaban las vacaciones yo ya las tenía organizadas con mis amigos o bien, él por su trabajo no coincidía conmigo. Llegó un momento en el que nuestro punto de contacto era el teléfono. Los dos sentíamos un deseo irrefrenable de comunicarnos y decirnos verdades, enfadarnos, reirnos a piernas sueltas, o simplemente quedarnos callados oyendo nuestro respirar.LLegó un momento en que el sexo se fue olvidando y solamente nos preocupabamos de saber el uno del otro, darnos consejos y contarnos, eso sí, las aventuras sexuales. Juan era un promiscuo empedernido y tenía aventuras inimaginables que sabía contar con gran gracia y salero como buen andaluz.

Pero como todas las cosas que ocurren en la vida, un día dejó de llamar. Pensé que quizas estaría enfermo, y no podría ponerse al teléfono, así que dejé pasar unos días. En esos días pensé, las de veces que habíamos hablado y en ningún momento se nos ocurrió darnos otra señal de identidad como calle, apellidos, trabajo ... de Juan solo conocía su teléfono y ahora hasta dudaba si se llamaba Juan.

Todas mis llamadas posteriores fueron infructuosas, al principio hacía como veinte llamadas pero con el tiempo quedaron reducidas a una diaria y luego cuando me acordaba, ya sin una cadencia continuada. Un día en el que hice la llamada de rutina sin pensar siquiera que me iban a coger el teléfono, una voz femenina contestó: Digame. Me quedé callado unos momentos sin saber que decir y fue tal el nerviosismo que me entró que colgué rapidamente.

Me quedé mirando el teléfono si poder articular palabra.Pasado un rato, me tranquilicé y pensé que podría hacer. Iba a llamar otra vez y preguntar por Juan así directamente, sin tapujos. Descolgué el teléfono con emoción, recuerdo que miraba al infinito y no veía nada, todo mi cuerpo estaba concentrado en aquel tono de teléfono. Sonó una y otra vez pero nadie contestaba. Volví a marcar pero nada, y así hasta 10 veces. Caí exhausto en mi sillón y mirando hacia el techo sin poder pensar en nada, mis ojos se fueron humedeciendo y comencé a llorar como un niño. Me tapé las cara con las manos y mi sollozo se hizo más fuerte y lastimoso.

Pasados unos días lo intenté unas pocas veces más pero todo fue inútil. Todavía hoy, a veces, me pongo a pensar qué podría haber pasado. Es posible que Juan enfermara de alguna enfermedad como el sida y de pronto hubiera roto con todo lo que le rodeaba. También pienso en un accidente de automóvil, algún imprevisto que hubiera sesgado su vida de repente. Las más, pienso que soy demasiado catastrofista y solo se ha debido a que se ha cansado de mí, y no ha querido seguir hablándome. El mundo gay es así, de pronto una persona con la que has tenido una conversación agradable deja de conectar contigo y no vuelves a saber nada de ella nunca más en la vida.
Hoy he vuelto a llamar y por fin he obtenido la respuesta definitiva: “Le informamos que actualmente, no existe ninguna línea en servicio con esta numeración”

1 comentario:

  1. El principio lo conozco, aunque yo sí me vi y me veo con él.

    Hay una persona que no tiene nada que ver cuyo teléfono me dice Telefónica que no existe. Es una sensación horrorosa.

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